Cuando Mariano Rajoy se apercibió de que había llegado su hora, salió a un bar cercano al Congreso de los Diputados a trajinarse unos whiskies, dejando en el banco azul el bolso de Soraya como solitario testigo de su rendición. Así fue el epílogo político, carente de toda épica, del veterano político pontevedrés, que entregó los trastos de la misma discreta manera en que había gobernado: a la gallega y esquivando todos los líos. Tal como había reaccionado ante el puñetazo que recibió en plena campaña electoral de 2015: colocándose las gafas, restando importancia al incidente y siguiendo con su agenda del día.

Cuando a Pedro Sánchez le toque marcharse, intuyo que su actitud será diferente. El engreído habitante de La Moncloa, que ya llegó haciendo trampas -utilizando en la moción de censura unos párrafos espurios introducidos por un Juez amigo en la sentencia Gürtel– y además mintiendo -prometió convocar elecciones inmediatas-, no consolará su derrota descorchando un Rioja. Porque su proyecto político y su ambición personal -desde que debutó haciendo también trampas tras una cortina de Ferraz, en las primarias del PSOE- se han fundamentado en aferrarse sin escrúpulos al poder.

Isabel Díaz Ayuso ha ganado las elecciones autonómicas por comportarse de una forma inusual en la clase política contemporánea. Por no ser un producto de marketing, ni querer el poder por el poder, sino el poder para hacer cosas. Por ser una política cercana y desacomplejada, que exhibe un proyecto claro, trata a los ciudadanos como a adultos y se la juega arriesgando a equivocarse. En estos tiempos de pandemia, cuando la mayoría de gobernantes españoles cuida mucho más de proteger sus cómodas poltronas que los empleos y las libertades de sus ciudadanos, ella se ha dejado el alma intentando conciliar salud y economía, adoptando para ello las medidas que nadie más quiso asumir.

Como dijo Nacho Cano en los Premios del Dos de Mayo, él y su equipo musical -todos de diferentes colores políticos- le impusieron de vuelta la banda y la medalla ”por valiente y buena Presidenta”. Al final, ha resultado una elección entre dos modelos de vida: que te dejen vivir en libertad y seas responsable de tus actos, o que te controlen continuamente la existencia y tengas a alguien a quien culpar. Y los madrileños han elegido abrumadoramente el primero. Además, sus principales rivales protagonizaron una campaña lamentable, colocándola mediáticamente en la posición más centrada entre tanta espumosa polaridad.

Chocante ha sido ver a socialistas clásicos (Leguina, Redondo Terreros, Savater) reconociendo los méritos de Ayuso, mientras otros intelectuales de izquierdas firmaban un manifiesto abominando de “los 26 años de infierno” de gobiernos derechistas en Madrid (en los que todos ellos se hicieron famosos y millonarios). La soberbia de la izquierda española no le permite venderse ante los ciudadanos como la mejor de entre todas las opciones democráticas. Creen ser la única encarnación de la democracia misma, que no existe un milímetro a la derecha de sus siglas. O ellos o Franco. O incluso Mussolini. Pero este mensaje pueril y antidemocrático -como los niños que van perdiendo un partido y se llevan el balón diciendo que es suyo- ha sufrido el lógico rechazo de la mayoría del pueblo madrileño.

Pablo Iglesias se ha pegado el revolcón que merecía su casposo discurso revolucionario. Y ha dimitido enfurruñado, haciéndose la víctima y despreciando gravemente a los votantes. Hasta luego, camarada. Qué bueno que te fuiste! Como escribió Jorge Bustos, “nada envejece tan rápido como la guapa de bisturí o la retórica de comunista”. Los ciudadanos de Madrid han descubierto al fin sus verdaderas cualidades. La primera, ser un vago redomado, que desatendió de forma manifiesta su Vicepresidencia de Asuntos Sociales en un año de pandemia. La segunda, ser un auténtico farsante, pues la incoherencia de lo que predica con su forma de vida es un insulto a la inteligencia. Lo demostró denunciando extrañas amenazas mientras mandaba a sus escoltas -hoy detenidos- a reventar a ladrillazos los mítines de Vox, o con el ridículo numerito del taxi y el coche oficial en el debate de Telemadrid. Ya saben ustedes que los típicos marxistas empiezan todos por Karl y suelen acabar en Groucho. Si no les gustan mis principios, aquí tengo otros…

Y la tercera y más grave de todas, porque las anteriores se extinguen con el personaje, es haber sembrado la política española de odio y resentimiento. España era un lugar mejor antes de la aparición política de Iglesias. Lo explicaba el economista e historiador Gabriel Tortella, hombre de formación izquierdista que reconoce tener un respeto intelectual por el edificio teórico del marxismo-leninismo, escribiendo recientemente que “lo único que le queda en pie a la extrema izquierda es un repudio instintivo, atávico, total y totalitario de la sociedad desarrollada en la que vive una parte grande y creciente de la humanidad… Hoy sólo quieren destruir lo existente sencillamente porque lo odian visceral e irracionalmente; porque el progreso, el bienestar, la Ley, el Estado de derecho, la convivencia pacífica y la democracia les irritan profundamente”.

El repaso a los derrotados exige destacar a Aguado y Arrimadas, viajantes de la Vicepresidencia a la nada -con desaparición parlamentaria de Ciudadanos– por su deslealtad y miopía políticas; a Iván Redondo, al que le escasean los trucos de magia para seguir vendiendo humo; y al genio Sánchez quien, tras difamar y maltratar a Madrid durante un año, acabó destrozando a un Gabilondo con hechuras de Iniesta pero obligado a sacudir como Gattuso. Y ojito Casado y Teo. No os colguéis medallas ajenas abrazando farolas en el balcón de Génova. Si el PP actuara como Ayuso nunca hubiera nacido Vox.

Pese a las ocultaciones de Marlaska, los paseos de Jorge Javier, las balas y navajas ensobradas, el lamentable uso del BOE criticando al PP en el preámbulo de la Ley Orgánica 5/2021, y las estupefacientes encuestas de Tezanos, tic tac, tic tac, amigo Sánchez. Es imposible engañar a todos todo el tiempo. Una buena gestión ha derrotado a tu estomagante propaganda.

Por Álvaro Delgado Truyols