El blog de Álvaro Delgado Truyols

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Barriendo calles

La suciedad de las calles de Palma constituye una de nuestras actuales señas de identidad. Tenemos una ciudad turística deslucida por su manifiesta falta de limpieza, por grafitis infames que emborronan fachadas históricas y por una triste sensación de dejadez en buena parte de sus barrios. Pero nuestro inquieto Ayuntamiento, en lugar de barrerlas físicamente -como sería deseable visto lo que cobran por ello, incluso a negocios que llevan un año cerrados sin generar basuras- decidió recientemente barrer sus nombres. O algunos de ellos, bajo un ataque de antifranquismo retrospectivo y de presunta “normalización democrática”.

Irene

Hay personas a las que el destino les pega duro, desde bien pequeñas, como a un saco de boxeo. Para quienes la existencia supone una lucha titánica, agotadora, por momentos cruel e interminable. Pero que consiguen aguantarla en pie, mirando al frente, tragándose sus penas. Sin nunca renunciar a ser felices y, sobre todo, a hacer felices a los demás. Mientras muchos se lamentan, ellos pelean. Mientras otros desisten, ellos insisten. Mientras la mayoría ya hubiera arrojado la toalla -empapada de lágrimas- al duro ring de la vida, ellos esperan pacientemente la próxima embestida. Con esa invisible túnica de fortaleza, resolución y dignidad que sólo visten los muy grandes.

Una Robin Hood a la mallorquina

   El Gobierno balear de Francina Armengol acaba de anunciar que va a expropiar temporalmente 56 viviendas a “grandes tenedores” para destinarlas al alquiler social. Una medida de alcance muy restringido, que difícilmente va a solucionar el problema de la vivienda en una Comunidad en la que vive más de un millón de habitantes, pero que se enmarca en el modelo de propaganda incesante en el que parecen instalados los actuales gobernantes. Aparte de desatender las graves consecuencias -jurídicas y económicas- que puede acarrear en el futuro esta medida indudablemente cortoplacista.

El cortijo del Moños

Un tipo estudiadamente desaliñado, con voz afectada y mirada extática, dice ante un concurrido auditorio: “Nos duele hacer política, porque no vamos a convertirnos en unos cínicos y lo pasaremos mal, y sufriremos, y tendremos que aguantar muchas mentiras. Pero os aseguro una cosa: cuando no se te olvida de dónde vienes, cuando estás orgulloso de haber crecido en un barrio, cuando estas orgulloso de mirar a los ojos a la gente de tu piso que ven que sigues viviendo en el mismo sitio, cuando saludas a tu panadero, al que te vende el periódico…”.

El Grinch

La Navidad es una época especial. Aún en un año tan canalla como éste. Especialmente, para quienes tenemos una formación cristiana que impregna desde su base toda la cultura occidental. Los deseos de reunirnos con la familia, abrazar a los seres queridos, compartir celebraciones, cenas y comidas con los rituales y productos típicos de la época, ver las calles y tiendas iluminadas, y felicitar a nuestra gente más apreciada no se han volatilizado. Ni se los ha cargado el bicho, ni las desconcertantes e improvisadas medidas que adoptan continuamente nuestros gobernantes. Otra cosa será que debamos disfrutar de todo ello con responsabilidad, respetando las normas y lamentando las ausencias. Algunas por una mera cuestión geográfica, y otras porque tristemente ya no volverán.

Democracia para dummies

El 16 de octubre de 2019, viendo lo que estaba pasando en Cataluña, publiqué en Facebook un pequeño decálogo de fundamentos democráticos, que tuvo un éxito abrumador. Lo recuerdo hoy en mi blog por su plena vigencia en estos convulsos tiempos:

Joan Mesquida, un señor socialista

Pese a haber coincidido durante años en muy diferentes lugares y ocasiones -con mejor o peor fortuna- y de encontrarme habitualmente con él practicando deporte (era un gran aficionado, y a veces entrenábamos juntos), traté más estrechamente a Joan Mesquida desde hace poco más de un año y medio, cuando comenzaba su andadura Sociedad Civil Balear y yo, como Vicepresidente de la recién creada asociación, le llamé para ofrecerle incorporarse a nuestro ilusionante proyecto. Éramos personas casi de la misma edad, con numerosas afinidades familiares, personales y deportivas, ambos estrechamente vinculados al municipio de Calviá -yo como residente y hermano de un ex Alcalde, y él como alto funcionario del Ayuntamiento- a las que las circunstancias de la vida nos habían colocado (a mí por simple rebote familiar) en trincheras políticas rivales, pero que siempre nos mostramos simpatía y afabilidad. Lo que corresponde, simple y llanamente, a personas educadas.

Huérfanos de un extraño

Pocas veces en la vida se queda uno huérfano de un extraño. De alguien a quien nunca has conocido en persona, pero que tienes muy presente por alguna razón. De alguien cuya existencia te ha dejado una determinada huella. La orfandad es una situación dura y antinatural que tiene mucho que ver con la sangre y los afectos, pero también con la búsqueda de referencias en la compleja trayectoria de la existencia. Aparte de dolor, genera desorientación y sensación de desamparo. Es, tal vez, de los peores sentimientos que puede experimentar un ser humano. A mí esa extraña sensación me ha abrumado ya dos veces. La primera, cuando falleció Antonio Herrero, extraordinario comunicador de radio y también de prensa escrita, hace ya más de veinte años, el 2 de mayo de 1998. La segunda, al morir hace unos días David Gistau. Ambos se fueron demasiado pronto, en plenitud, tras practicar sus deportes favoritos. Uno con 43 y otro con 49. Dos genios. Más jóvenes de lo que yo soy ahora.

La industria del victimismo

El llamado “sesgo retrospectivo” es un comportamiento de la mente humana por el cual se juzga el pasado con los ojos del presente, creando una memoria distorsionada que cree haber vivido situaciones diferentes a las reales. Se da en historiadores cuando describen el resultado de una guerra, en médicos cuando recuerdan el resultado de un ensayo clínico, en periodistas cuando rememoran hechos pasados, o en el sistema jurídico cuando se imputa a alguien una responsabilidad.

El habitante del valle

Hoy tengo 54 años y, cuando él murió, yo tenía 11. El día que empezó su guerra mi padre acababa de cumplir 2. Mi madre nació después de terminada la contienda. Mi familia paterna vivió aquel desastre en la España republicana. Mi familia materna en la nacional. Es el sino de una guerra civil, que dividió millones de familias españolas. Por un curioso azar de la vida, pasé dos sucesivos meses de agosto muy cerca de él, estudiando todo el día en una pequeña celda -con vistas a la inmensa cruz- de la abadía benedictina situada tras la basílica que aún custodia sus restos. Cosas de las oposiciones y de los calores de Madrid. Allí nunca hablábamos de él. Nunca visitamos su tumba en dos interminables veranos de estancia. Sólo alguna pequeña broma intrascendente en las escasas horas de ocio. Entonces llevaba muerto casi 15 años. Su presencia pasaba desapercibida para un grupo de veinteañeros en busca de una plaza en las diferentes convocatorias de la Administración pública, refugiados en un lugar económico, fresco y próximo a nuestros preparadores por el cierre estival de nuestras residencias en la capital.

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