En el túnel por el que acceden los jugadores a la pista central del incomparable All England Club de Wimbledon, situado cerca de Londres, hay una leyenda escrita en la pared que dice textualmente: “If you can meet with Triumph and Disaster and treat those two impostors just the same…” (si puedes encontrarte con el Triunfo y la Derrota y tratar a esos dos impostores de la misma forma…”). Esa frase transcribe un conocido verso del magistral poema “If…”, escrito en 1895 por el premio Nobel británico Joseph Rudyard Kipling, y representa el perfecto resumen del estoicismo inglés típico de la era victoriana.

Se cuenta que Kipling, afamado autor de “El libro de la selva” o “El hombre que pudo reinar”, escribió esa poesía como instrucción de su hijo Jack, inspirándose en el carácter y en las hazañas de su gran amigo y héroe de guerra el Dr. Leander Jameson. Sea como fuere, “If…”, declarado en 1995 por una encuesta de la BBC como el poema favorito de todos los británicos, es un compendio perfecto de la dignidad en el comportamiento ante las complejas vicisitudes que presenta la vida.

Gran parte de los problemas que hoy nos afectan como sociedad, incluida esa terrible polarización que resucita sin cesar odios retrospectivos enterrados hace ya años, proviene de la educación. De la pésima educación que hoy reciben -salvo honrosas excepciones- nuestros estudiantes. Para afrontar una vida cada vez más dura, estresante y competitiva estamos formando jóvenes victimizados, consentidos y desprovistos de carácter, a los que se aparta de toda idea de esfuerzo, mérito o excelencia, no se vayan a traumatizar si alguno destaca en algo más que ellos. Aunque los traumas les llegarán luego, ya que la existencia no suele alfombrar un fragante camino de rosas.

La culpa del desastre educativo español, cuyas consecuencias hoy estamos sufriendo, la tienen nuestros políticos. Sin excepción. Pues se han mostrado incapaces de alcanzar consensos y apartar estas cuestiones del debate partidista, jugando con el futuro de nuestros hijos de una manera lamentable. Todos han concebido sucesivas reformas legislativas como una forma de “ahormar” a la juventud para acercarla a sus postulados, fueran progresistas, conservadores o nacionalistas. Con la indisimulada intención de crear “soldaditos” desprovistos de cerebro y cargados de vísceras, que piensen poco y se dejen manipular mucho, prestos a mantenerles en sus indignas poltronas.

El Govern balear está ultimando una nueva Ley de Educación, amparada en los cambios introducidos por la Ley Celaá, que consagra los intocables “mantras” de la izquierda nacionalista: primacía descarada de la escuela pública (cuando más de un 30% de nuestros alumnos está atendido por la concertada), imposibilidad para los padres de elegir el centro educativo, e imposición absoluta del catalán como lengua vehicular, blindando al viejo Decreto de Mínimos otorgándole rango legal.

Las nuevas leyes educativas demuestran que nadie se preocupa de crear alumnos libres, de mente abierta, carentes de prejuicios y sectarismo, dotados de espíritu crítico y realmente independientes, capaces de elegir bien en las complejas decisiones que la vida les pondrá por delante. Quienes elaboran nuestras leyes no están interesados en que los jóvenes decidan por sí mismos, sino en proporcionárselo todo masticado -carne sin huesos- para incorporarles a su rebaño de mantenedores de su doctrina oficial. Tenemos un ejército de mediocres generando aprendices de sí mismos. Clones de su propia ideologizada y sectaria identidad.

El resultado de todo ello es que la imprescindible rebeldía juvenil no se encauza hoy hacia la universalidad, la sana experimentación, la curiosidad intelectual o el descubrimiento de mundos diferentes, sino hacia el ensimismamiento, el dogmatismo, el aldeanismo identitario y la agresividad gratuita. Cuando tus ídolos no son Pau Gasol, Greta Thunberg o Katy Perry (como para otras generaciones pudieron ser Björn Borg, Martin Luther King o Bob Dylan) sino Pablo Hasél, Arnaldo Otegi o Valtònyc es que algo va mal. Y cuando ciertos profesores invitan a estos tipejos a dar charlas en las escuelas es que estamos perdiendo el oremus. Hoy despreciamos las referencias positivas y nuestra juventud navega a la deriva, liderada por estúpidos y referenciada por delincuentes.

Y aún existe algo más grave: la indecente hipocresía de que hacen gala algunos políticos encargados de la educación. Que aborregan a los hijos ajenos mientras -a escondidas- se dedican a desasnar lo mejor que pueden a los propios. Ahí tienen ustedes a la Ministra Isabel Celaá, que consagra en su infame Ley educativa las promociones con suspensos y la prohibición de las repeticiones de curso -bajo el lema de que “los hijos no pertenecen a los padres”- mientras se ocupó con esmero de que sus dos retoñas estudiaran en “Las Irlandesas”, el mejor colegio femenino de Bilbao. Concertado, religioso y segregado, para que a nadie le queden dudas del indescriptible cinismo de su madre.

No les estoy hablando aquí de niveles sociales o culturales, ni tampoco de cuestiones políticas o ideológicas. Todo eso es, en el fondo, secundario. Les hablo de la vida. Y también de la convivencia, que es la base de cualquier civilización. Porque ahí es donde sale a relucir la verdadera educación que cada uno ha ido almacenando en su disco duro vital. Esa que a cualquiera se le adivina a través de sus costumbres, aficiones o lecturas, pero que se demuestra bastante más ante la puerta de un ascensor, conduciendo un vehículo, debatiendo con quien piensa diferente o, simplemente, agarrando un tenedor.

Que el acceso de jugadores a un templo universal del deporte -la pista central de Wimbledon- tenga escrito un verso del inmortal poema de Kipling dice mucho de ese lugar. Y del espíritu de un pueblo que, en uno de sus más famosos coliseos, define la victoria y la derrota como dos impostores pasajeros. En julio de 2008, antes de disputar el mejor partido de la historia del tenis, Roger Federer y Rafael Nadal recitaron el poema completo para un vídeo promocional de esa inolvidable final. Un mundo capaz de producir dos jóvenes como éstos hace que no perdamos toda esperanza.

Luego, ganó Rafa.

Por Álvaro Delgado Truyols