La contundente victoria en las elecciones autonómicas madrileñas de Isabel Díaz Ayuso ha revolucionado, como un bombazo inesperado, el panorama político español. Desde que la joven Presidenta madrileña revalidó recientemente su cargo, puesto en riesgo por la sorprendente actitud de Ciudadanos instigando mociones de censura que le han llevado a las puertas de la desaparición, el tablero político nacional se ha colocado patas arriba.

Contra lo repetido hasta la saciedad en campaña electoral, y contra las lecturas interesadas de muchos comentaristas notablemente polarizados, la victoria de Ayuso no ha supuesto un vuelco ideológico radical en la sociedad española, ni tampoco un cambio de ciclo electoral, ni siquiera un claro renacimiento del centro-derecha a escala nacional. Todo eso está por ver, aunque muchos dirigentes del PP lleven semanas sacando pecho e inflándose a selfies con la exitosa Presidenta. Se equivocan de cabo a rabo todos esos politólogos ensimismados que siguen interpretando siempre la política española como el desenlace de la Liga de fútbol: Madrid o Atlético. Rojos o azules. Izquierdas o derechas. Socialismo o libertad.

También han interpretado mal el sorprendente triunfo de Ayuso numerosos dirigentes actuales de bastantes Administraciones públicas españolas. Un buen número de gobernantes mediocres, paralizados por el miedo a tomar decisiones y a perder su poltrona tras más de un año de pandemia, se ha visto afectado por un ataque de “ayusitis” aguda ante el humillante chaparrón de las elecciones madrileñas. Y ha tratado de achacar públicamente a la joven ganadora todo tipo de desgracias: desde las carencias del turismo hasta los picos de la pandemia o las invasiones migratorias del Norte de África. Y es que, como dicen los anglosajones, “Champions train, losers complain”. Cuando los buenos se esfuerzan, los malos andan siempre quejándose.

La clave real del éxito de Ayuso debería escrutarse algo más allá, en otros hechos y declaraciones recientemente publicadas que presentan enorme interés. Por ejemplo, en la actitud de tipos coherentes -todos destacados en lo suyo- como Joaquín Leguina, Nicolás Redondo Terreros, Fernando Savater, José Sacristán, José Ramón de la Morena y otros tantos personajes conocidos -de izquierdas de toda la vida- que han ensalzado públicamente los méritos de la dirigente popular. ¿Por qué razón muchos socialistas de siempre alaban a la candidata madrileña del PP sin haber renunciado ninguno de ellos a sus viejas convicciones ideológicas?

Isabel Díaz Ayuso ha representado, en el momento más inesperado para el pueblo español, justo la némesis del mentiroso, fatuo y engreído Pedro Sánchez. Pese a la profusión de eslóganes y rifirrafes de campaña, no se ha tratado en realidad de una verdadera lucha ideológica, sino de un contraste apabullante de empatía personal, compromiso político, fiabilidad operativa y modelo exitoso de gestión. En una lucha entre perfiles opuestos, ha triunfado la persona eficaz, humana y confiable frente al personaje falso, narcisista e incompetente.

Mientras una se arremangaba tomando decisiones comprometidas, el otro fiaba todo a la propaganda desorejada. Mientras una construía un hospital de UCIs (convertidas en la unidad de medida que permitía abrir o cerrar muchos negocios), el otro criticaba la existencia de un nuevo hospital público. Mientras una bajaba impuestos, el otro anunciaba más presión fiscal para tantas familias arruinadas. Mientras una metía sus botas en la nieve del tremendo año que hemos vivido, el otro volaba en Falcon a cumbres internacionales. Mientras una defendía a diario a los sufridos madrileños, el otro criticaba habitualmente su medio “tabernario” de vida. Luego a una le aplauden como a Madonna y al otro le insultan cuando pisa Ceuta o su colegio electoral. Y en La Moncloa aún se extrañan de su clamorosa derrota. Porque eso no era lo que le habían prometido Ábalos, Calvo, Tezanos o Iván Redondo, integrantes de su fanática coral de sicarios iluminados.

Aparte de la gestión o la inexistencia de ella, del compromiso o el desentendimiento de la pandemia transfiriendo los marrones a las Comunidades Autónomas o a los Tribunales de Justicia, entre Ayuso y Sánchez existe también una diferencia abismal de cercanía y carácter. Mientras la Presidenta madrileña se ha mostrado valiente y desacomplejada, pero también modesta y consciente de su inexperiencia, con frases del tipo: “no soy Churchill pero me rodeo del mejor equipo; quiero a los mejores en mi Gobierno”, o “soy consciente de que he recibido mucho voto prestado”, el narciso de La Moncloa representa al político más distante, engreído y prefabricado que jamás se haya conocido en la política nacional. Ese contraste en empatía, sinceridad y afinidad con el ciudadano tiene también influencia en una confrontación electoral.

Aunque Daniel Fernández se preguntaba hace días en La Vanguardia si existe realmente el ”sanchismo”, resulta imposible negar que indudablemente existe. Basta ver la reacción ante el éxito de Ayuso de tantos antiguos correligionarios socialistas. Porque lo que llamamos hoy sanchismo nada tiene que ver con el socialismo español de siempre. Aparte de olvidar las políticas de igualdad y apostar por cualquier aventura identitaria o desintegradora, Sánchez carece de visión de Estado, y se ha dedicado a destrozar todos los consensos constitucionales -pudiendo pactar con Ciudadanos o lograr una abstención del PP- apoyándose en formaciones que aspiran a romper España: Bildu, ERC, Unidas Podemos, PNV, JxC, CUP. Y eso es lo que le han afeado antiguos líderes de su partido como Felipe González, Paco Vázquez, Joaquín Leguina o Alfonso Guerra. Y también lo que innumerables madrileños de izquierdas le han pasado al cobro en las recientes elecciones autonómicas. Madrid no se parece a Cataluña y, en la capital, las veleidades antiespañolas gustan poco.

Al final, como en tantos ámbitos de la vida, ha triunfado lo auténtico frente a lo impostado. Prevaleciendo la conciencia nacional y la defensa de los valores constitucionales frente a la propaganda estomagante y el aventurerismo despendolado de un ególatra narcisista con quienes quieren destruir España. A Iván Redondo le parecerán magistrales las mentiras y funambulismos de Sánchez para mantenerse en el poder. A muchos ciudadanos, incluso de izquierdas, no. Y es que mientras Ayuso gestiona el 2021, Sánchez huye desvergonzadamente al 2050.

Por Álvaro Delgado Truyols