El pasado viernes, en la celebración del Día del Libro, fui invitado por la extraordinaria María Riutort -mi librera de cabecera- a un programa de radio que la cadena COPE emitía desde la terraza de La Librera del Savoy. Para gran regocijo propio, mi compañero de tertulia era José Manuel Barquero, un vitoriano de una pieza -que lo mismo te escala a pelo un siete mil, te escribe una columna impactante o se casca un triatlón como desayuno- con el que he compartido aventuras variopintas, que han generado entre nosotros una vieja y entrañable camaradería. Coincidimos además -aunque él trabaja también en diferentes temas de comunicación- en nuestra vocacional ocupación presente como francotiradores outsider en el anguloso mundo periodístico de esta tierra. Por todo ello, augurando que la contienda se iba a disputar en los divertidos márgenes periféricos de ese escenario sagrado que constituye la literatura para sus grandes popes, pensé que la cosa prometía.

Y la cosa creo que no defraudó. A los oyentes de una cadena generalista de radio, pues seguro que algún sesudo purista se está sometiendo a terapia ante semejante exhibición de intrusismo y atrevida profanación. Ambos protagonistas del programa, en sintonía con nuestra anfitriona y con la presentadora Cristina de Ahumada, intentamos que la tertulia huyera de toda pose, y discurriera por los amables cauces de la literatura vista como afición popular y estímulo para mentes jóvenes. Sin reducirla a un cerrado santuario donde epatar con lecturas abstrusas de santones consagrados, ni sembrarla de impostadas alusiones a autores de culto investidos de la solemne autoridad que se autoatribuyen ellos mismos. Aunque, sinceramente, esta última posibilidad -con unos tertulianos de un perfil campestre como el nuestro- resultaba poco probable.

La conclusión que sacamos allí es que la gente necesita leer libros. La lectura y la literatura resultan elementos esenciales -no sustituibles en general por las modernas pantallas- para un desarrollo equilibrado y no fanatizado de cualquier ser humano. Que precisa no solo asimilar y comprender, sino también tocar e incluso oler aquello que lee. Pues el placer de disfrutar un libro con los cinco sentidos jamás se experimenta en una tableta, aunque para ello haya que proporcionar al lector algunas facilidades. Porque en parte del mundo literario, integrado por diferentes formatos y niveles de publicaciones, existe un cargante ombliguismo intelectual. Gente que escribe para que se regodeen en su talento los ya iniciados en su terminología, su temática o sus obsesiones, convirtiendo el ámbito de sus lectores en un coto cerrado y difícilmente penetrable. Con el agravante de que muchas editoriales y medios de comunicación resultan incapaces de salir de ese asfixiante circuito de clásicos anacoretas venerados. Por comodidad, intereses varios o simple aversión a las críticas gremiales.

¿Cuántos libros han abandonado ustedes tras sólo leer las primeras páginas? ¿A cuántos periodistas consagrados han dejado a media columna hartos de una jerga destinada a sus adictos habituales o a los admiradores de su alambicada forma de relatar? ¿Cuántos artículos de opinión parecen dirigidos a los integrantes de una secta secreta o a los adoradores incondicionales de autores ininteligibles o irremediablemente snob?

Aunque la escritura de autor tiene perfecta cabida en la infinidad de medios y editoriales que hoy publican, una sobreabundancia de lo elitista supondría la muerte de la auténtica literatura. Que, ya desde tiempos de la Biblia (recopilación de historias destinada originariamente a gente analfabeta), constituyó siempre agua clara para el pueblo y no bebida espumosa para sus sacerdotes. Con ello quiero transmitirles que la literatura popular, esos libros dirigidos a una masa de gente que consiguen provocar emociones, despertar sentimientos y crear estímulos intelectuales -además de familiarizar con un correcto uso del lenguaje- cumplen una imprescindible función en el adecuado desarrollo de un pueblo.

Tengo que reconocerles que mis anteriores reflexiones traen también causa de una larga contemplación de los vicios de mi profesión. Yo procedo del mundo del Derecho, un extenso campo literario profusamente afectado por un llamativo onanismo intelectual, como bastantes otros ámbitos científicos o técnicos de los desconcertantes tiempos presentes. Me refiero con ello a la cantidad de libros escritos de una forma autocomplaciente, publicados para ser leídos y entendidos exclusivamente por los eruditos colegas de su autor. Costumbre que deforma el adecuado ejercicio de muchas profesiones ya que, en la práctica habitual, se acaba pasando -como escribió el Catedrático de Derecho Administrativo Andrés Betancor– de los libros a los problemas, cuando lo correcto sería acudir desde los problemas a los libros. Por ello, esa autocomplacencia literaria resulta letal para una adecuada comunicación de ideas, y acaba conduciendo a una evidente insignificancia intelectual de muchos autores esforzados.

No cabe duda también de que, en cualquier aproximación a la lectura, existen variadas expectativas y niveles de exigencia. Combinadas con maneras diferentes de degustación o deleite, sin que resulte apropiado deslegitimar ninguna como sacrílega, despreciable o superficial. Algunos lectores persiguen información, otros formación, y bastantes evasión, pasiones o entretenimiento. Como en la música, el arte o la gastronomía, existe un público interesado en la letra, la temática o la materia, y otro en la melodía, el color o la presentación. Hay lectores embebidos en el argumento de las historias que les cuentan, mientras otros gozan del estilo, el ritmo o el lenguaje. En definitiva, existen libros y existen lectores.

Dada mi condición de modesto escribidor de artículos, y rematando las reflexiones anteriores, no quiero resistirme hoy a confesarles mis preferencias personales. Confesión que incorpora un merecido homenaje a uno de los grandes, prematuramente fallecido hace poco más de un año. Cuando preguntaron a David Gistau por su evolución estilística, él -que se había criado a los pechos del barroco dandy Umbral– dijo que su escritura se había hecho con el tiempo menos pirotécnica, y que últimamente valoraba no tanto el estilo como tener algo que decir. Y concluía explicando que “hay que saber estrujar bien el estilo como si fuera una toalla mojada, para que quede lo imprescindible, no lo ornamental”. Para mí, el llorado Gistau lo clavó.

Por Álvaro Delgado Truyols