La imparable decadencia intelectual y moral de la sociedad española está alcanzando, a pasos agigantados, al tradicional ámbito de las felicitaciones de Navidad. Hoy parece constituir un problema, que altera sobremanera a los muchos “ofendiditos” que pululan de forma creciente por nuestro complejo mundo patrio, felicitar las fiestas navideñas con la reproducción de un nacimiento o con cualquier imagen religiosa que nos recuerde por estas fechas nuestro innegable origen cristiano.

Han aparecido estos días -reflejadas en los medios de comunicación- algunas felicitaciones sorprendentes. Como la del Rector de la Universidad Complutense de Madrid –Joaquín Goyache– quien, en un afán de extremada corrección política que linda con el ridículo más espantoso, ha deseado a sus profesores y alumnos “un Feliz Final del Otoño”.

Con independencia del respeto absoluto al pensamiento individual de cada persona, que es lo que corresponde en una sociedad democrática que defiende la libertad de creencias y de expresión de todos sus ciudadanos, el recuerdo de nuestras tradiciones cristianas jamás debería constituir para nadie un elemento de conflicto. Criticar o sentirse ofendido porque alguien -aunque desempeñe un cargo público- felicite la Navidad con la imagen de un portal constituye una memez difícilmente justificable.

La civilización occidental, en la que España -como nación más antigua de Europa- ocupa un lugar destacado, es heredera indiscutible de tres influencias fundamentales: la filosofía de los griegos, la religión de los judíos y la legislación de los romanos. Repudiar cualquiera de esos legados no significa más que rechazar nuestra historia y abjurar de nuestra genética. En resumen, negarnos estúpidamente a nosotros mismos.

No deja de llamar la atención la hipócrita actitud de la mayoría de nacionalistas e integrantes de los movimientos de izquierda radical. Toda esa turba variopinta, abanderada ferviente de la defensa contemporánea de cualquier movimiento identitario (feminismo radical, animalismo, indigenismo, catastrofismo climático, islamismo, antisemitismo, separatismo), que acusa frecuentemente de ejercer el “autoodio” a quienes atacan sus postulados o se limitan a defender posturas contrarias, es la primera en repudiar de forma vehemente que otros queramos recordar -en estas especiales fechas- nuestras indudables raíces cristianas.

Resulta gracioso observar cómo sus reivindicaciones identitarias, aún inventadas mediante burdas manipulaciones históricas una buena parte de ellas, resultan absolutamente intocables mientras los demás debemos renunciar a las nuestras con el objetivo de “no ofender”. Curioso e incoherente planteamiento el suyo, como casi todos los que sostienen de forma tan insistente como cansina.

Hoy tengo que darles a todos ellos una pésima noticia. Que resulta una pena grande en las fechas en que nos encontramos. Y es que, por mucho que algunos se esfuercen en el empeño, la inmensa mayoría de los españoles no pensamos renunciar a nuestras orgullosas raíces cristianas. Dicho sin ánimo de ofender, y respetando que otras creencias reivindiquen también orgullosamente las suyas, nadie va a poder impedir que un servidor de ustedes se sienta digno heredero de la sabiduría de Atenas, la espiritualidad de Belén y el derecho de Roma.

Aclarado lo anterior, les deseo a todos una Feliz Navidad.

PUBLICADO EN MALLORCADIARIO.COM EL 25 DE DICIEMBRE DE 2023.

Por Álvaro Delgado Truyols