En las dos semanas previas a las recientes elecciones realicé en este medio digital un análisis muy crítico con las políticas del Pacte, tanto en el Ayuntamiento de Palma como en la Comunidad Autónoma balear. Mi expresa intención era apartarme de la abundante propaganda institucional para desmenuzar su gestión desnuda, que ha resultado ser teatral, descoordinada, prohibitiva y deficiente. Celebrados los comicios, los ciudadanos han respaldado mi análisis.

Uno de los fenómenos curiosos de todo tiempo preelectoral es la proliferación de agoreros. Personas que, aunque anhelen un cambio, pronostican desgracias continuadas y ven el panorama negro. Un trabajo como el mío, por el que circulan diariamente decenas de clientes de muy variada condición, proporciona un fonendo social utilísimo para auscultar la respiración de una colectividad. Autónomos, asalariados, funcionarios, jóvenes, maduros, mujeres, hombres, emprendedores, parados, extranjeros, nacionales -e incluso políticos en ejercicio- acuden habitualmente a tramitar asuntos personales o profesionales a una notaría. Y el pulso de los ciudadanos denotaba, desde hace tiempo, hartazgo frente a tantas prohibiciones y ansias de un cambio liberador.

Pero los gobiernos de izquierdas producen siempre, en buena parte de la población, un temor reverencial. Las frases que más he oído, tras retahílas de críticas a los gobernantes del Pacte, han sido “pero no hay nada que hacer”, o “aún así volverán a ganar”. Y así día tras día, semana tras semana, mientras las quejas por la pésima gestión, las trabas administrativas, la asfixiante presión fiscal y las constantes restricciones a la libertad constituían el pan de cada jornada. El grado de resignación y la genética cobardía de los ciudadanos baleares ante la izquierda y el catalanismo merece un estudio psicológico. Sin exhibir gallardía ni siquiera en las encuestas, muchos sólo han sido capaces de rebelarse bajo el absoluto anonimato de las urnas.

Bastantes agoreros me pronosticaron fatales calamidades cuando decidí escribir en prensa. Especialmente por hacerlo a contracorriente, defendiendo la libertad, la Constitución y el Estado de Derecho en tiempos especialmente revueltos. “¿Cómo se te ocurre criticar a la izquierda o al catalanismo, tú que eres conocido y vives de un despacho abierto al público?” ha sido otra de las fallidas profecías estoicamente soportadas durante estos años. Luego, desmitificando la atávica prudencia que caracteriza el carácter balear, la práctica totalidad de la gente no ha podido mostrarme, personal y profesionalmente, un mayor grado de agradecimiento.

Comienzan ya a despuntar agoreros del bando contrario. Una desconcertada Armengol, escoltada en su comparecencia postelectoral -un funeral de peli de Tarantino– por los despóticos Cladera y Negueruela (¿cómo puede pasarnos esto a nosotros?), intentó atemorizar a los baleares con “los peligros de la derecha y la ultraderecha”. Henchida de una ridícula superioridad moral, incapaz de transmitir jamás que ha sido Presidenta de todos, cuyas señas de identidad política han sido prohibiciones a destajo, ineficacia administrativa, gasto desbocado y una presión fiscal que amenaza cualquier actividad económica (tras encerrarnos ilegalmente en pandemia mientras despachaba gin tónics) ahora pretende acojonarnos con la pérdida de libertades y el recorte de derechos. Por fin ha caído el falso carisma de una Francina que, tras tres décadas en política, sólo ha ganado unas elecciones (2019).

Los últimos agoreros en aparecer han sido los catastrofistas lingüísticos. Ya explican el auge de Vox en clave de rechazo a nuestra lengua, justificándolo en la creciente inmigración trasladada a las islas que no quiere aprenderla. Un argumento rotundamente tramposo, como demuestra la realidad diaria de nuestras calles y escuelas. Pero su fanatismo les impide comprender las tres claves del asunto: la primera, que les convendría dejar de hacer la lengua antipática para los que vienen de fuera; la segunda, que la gente rechaza su intención de eliminar un castellano hablado por 600 millones de personas en el mundo; y la tercera, que los mallorquines soportamos mal el uso de nuestra lengua como excusa para integrarnos en sus imaginarios “països catalans”. Separen la lengua de sus ansias políticas y verán cómo triunfa.

Comienza ahora el tiempo de juzgar a los nuevos gobernantes, cosa que seguiremos haciendo con la misma independencia exhibida hasta ahora. Exigirles lo prometido no es más que pedir el cumplimiento de su contrato electoral. Los dos partidos ganadores no tendrán otro remedio que limar sus aristas y llegar a acuerdos sobre numerosas cosas que tienen en común, entendiendo el mensaje emitido por los ciudadanos.

España acaba de demostrar que la propaganda desorejada, las promesas mentirosas y la sorprendente longevidad de Franco no bastan para ganar elecciones. Sánchez corre engreído hacia el abismo huyendo de un tsunami que dejará el PSOE como un solar, aunque él contemplará la debacle desde algún sillón europeo que lleva tiempo trabajándose a conciencia. Y a ustedes, conciudadanos baleares, sólo me queda añadirles algo: si quieren un futuro esperanzador, exijan que cumplan lo prometido. Y dejen ya de vivir con miedo.

PUBLICADO ORIGINARIAMENTE EN MALLORCADIARIO.COM EL 05 DE JUNIO DE 2023.

Por Álvaro Delgado Truyols