El Partido Popular tiene la fea costumbre de pegarse disparos en el pie. Y no uno sólo, sino que suele vaciarse el cargador de forma compulsiva, dejándose la extremidad convertida en un colador como en los viejos spaghetti western. Si editara un manual de “instrucciones infalibles para machacar a los propios y resucitar a los ajenos” lo convertiría en un best seller mundial de la actividad política. Debe ser una vieja tradición que impregna -como un olor acre- los pasillos de Génova 13, esa sede tenebrosa donde el Presidente del partido no se enteraba de los trapicheos del Tesorero, que trabajaba en el despacho de al lado.

Tras la etapa de Aznar, en la que el PP se consolidó -bajo unos principios claros- como una fuerte alternativa al avasallador socialismo de Felipe González, luego cayó en una larga época de indefinición ideológica. Caracterizada por una exclusiva venta de su eficaz gestión económica, aunque acompañada -como resumió hace escasos días Jesús Cacho– por “conformismo mediocre, incuria intelectual, ausencia de proyecto, empotrada cobardía y una gran miseria moral”. Todo eso aliñado con una corrupción rampante, que han acabado condenando varios Tribunales de Justicia, y que la izquierda lleva tiempo aprovechando -por la poca contundencia frente a las corruptelas de los sucesivos dirigentes populares- para tratar de condenar públicamente no a un partido político, sino a toda una ideología.

Constituye un hecho histórico conocido, que evidenció además un comportamiento bastante miserable, que el PP se desprendió en sus diferentes etapas -por intereses coyunturales- de algunos de sus mayores activos ideológicos. Personas que defendieron en cada momento, con claridad y sin tapujos, lo mejor de la ideología liberal-conservadora. En la época de Aznar el defenestrado para satisfacer a Pujol fue Alejo Vidal-Quadras, en la de Rajoy se sacrificó a Santiago Abascal (con las consecuencias que todos hoy conocemos) y en la de Casado se ha purgado a Cayetana Álvarez de Toledo. Las tres víctimas fueron personas significadamente honradas, consecuentes y de un elevado nivel discursivo y moral, caracterizadas -además- por su ausencia de remilgos para vender un mensaje ideológico frente a sus numerosos enemigos en la izquierda y el separatismo.

Es cierto que el partido se ha visto históricamente condicionado por dos constantes complejas que han permanecido hasta la actualidad: una, la presión de sus barones territoriales, especialmente los que ganaban recurrentemente las elecciones, que ejercían gran influencia en la tibieza del mensaje frente a los nacionalismos identitarios y en las indefiniciones ideológicas para facilitar apoyos en otros partidos periféricos; y la otra, el poderoso influjo de los medios de comunicación de izquierdas -mayoritarios en el mercado nacional- que siempre han permitido al socialismo y al separatismo echarse al monte de la radicalidad, pero jamás han tolerado que la derecha venda -sin complejos- una moderna ideología liberal.

La obsesión por buscar el “centro”, esa entelequia política que muchos no sabemos dónde se encuentra, constituyó la fijación enfermiza de la mayoría de intelectuales afines y de cuadros propios que han ido elaborando, durante más de veinte años, el melifluo discurso del Partido Popular. Hasta que la aparición de Vox y de Ciudadanos (recuerden a Rajoy diciendo en el Congreso de Valencia de 2015 que “quien se sienta conservador o liberal que se marche al partido conservador o al liberal”, cosa que luego sucedió), y más adelante la del torbellino que ha representado Isabel Díaz Ayuso, han hecho tambalearse los endebles cimientos de esa indefinición política tan cuidadosamente elaborada.

Contra muchos opinadores sobre la materia, considero que la crisis actual de los populares no tiene trasfondo ideológico. Se trata de las simples ausencias de un liderazgo poderoso y de la transmisión de un mensaje claro. Constituye una mentira sideral vender a la opinión pública que Ayuso está radicalizando ideológicamente el mensaje del PP. Como demostró la pasada semana visitando El Hormiguero, la Presidenta madrileña genera empatía y credibilidad allá donde va. Hasta Pablo Motos, presentador del programa, tuvo que interrumpir los continuos aplausos del público asistente para poder avanzar con la entrevista.

Si Ayuso dice que va a favorecer la libertad comercial, que va a bajar los impuestos, o que va a construir un hospital, la gente sabe que lo cumplirá. Cosa que no sucede con otros líderes de su partido, o con Pedro Sánchez, que quiso enfrentarse a ella y salió trasquilado el pasado 4 de mayo. Por primera vez en años una dirigente habla claro, resulta creíble y se aleja de tibiezas o dobles mensajes. Y la gente se lo está premiando de forma abrumadora. Cuando a una política le aplauden en todas partes mientras que a otro le abuchean allí donde va es que algo está cambiando en la sociedad española. Sería de completos estúpidos no darse cuenta de ello y desperdiciar tan valioso capital.

   Pablo Casado tiene pinta de buen tipo. Educado, responsable y excelente orador parlamentario. Y representa a una nueva generación, desvinculada -por edad- de trapicheos y corruptelas anteriores. Pero está demostrando tener un grave problema. Le falta madera de líder porque, entre otras cosas, nunca ha ganado unas elecciones. Arrancó bien, triunfando en las primarias frente a Soraya, la heredera de Rajoy, con un mensaje claro de recuperación de la identidad de su partido y de los valores que sus votantes creían perdidos. Pero pronto sus barones territoriales le hicieron recular, volviendo a la indefinición y las ambigüedades calculadas tan típicas del rajoyismo. Y, sin esperarlo, apareció el fenómeno Ayuso, ante el que está demostrando no saber reaccionar.

Xavi, Iniesta o Pujol jamás sintieron celos de Messi. Un líder de verdad no debe encelarse por causa de su mejor soldado, sino unirse sólidamente a él para ganar las mayores batallas. Los líderes del mejor Barça que recordamos nunca hubieran sido lo que fueron marginando a su jugador estrella. Su misión era liderar el grupo y dejar que Leo ganara los partidos. Como Casado no reaccione pronto se va a quedar sin victoria. Y sin Messi, que le madruga el sillón o se larga al PSG.

PUBLICADO ORIGINARIAMENTE EN MALLORCADIARIO.COM EL 15 DE NOVIEMBRE DE 2021.

Por Álvaro Delgado Truyols