La repentina dimisión de Íñigo Errejón ha sido una de las noticias destacadas de nuestra convulsa actualidad política. Sobre todo, por el infantilismo de su comunicado de renuncia (ha escrito agudamente Guadalupe Sánchez que parece redactado por Antonio Ozores tras ser poseído por su tocayo Gramsci) y por la contradicción que pone de manifiesto su conducta personal con todo lo defendido -por él y sus correligionarios- desde hace diez años en muy destacados cargos políticos. Resulta francamente difícil encontrar una hipocresía mayor.
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Lejos de las miserias políticas y sociales que nos salpican sin descanso, la noticia de estos días ha sido la retirada del tenista mallorquín Rafael Nadal, algo no por esperado menos sentido por quienes le hemos seguido apasionadamente -por televisión y algunas veces en directo- en estos más de veinte años de extraordinaria carrera deportiva.
La Fiscalía Europea ha demostrado un interés inusitado en reclamar la instrucción de los casos de corrupción que afectan al PSOE, desde las investigaciones a Begoña Gómez al llamado “caso Koldo” -una de cuyas ramificaciones afecta a Francina Armengol-, apartando de ellas a los jueces instructores. Tanto ha llamado la atención esa voracidad acaparadora de sumarios cercanos al Gobierno que ha encontrado la resistencia de los propios jueces, Juan Carlos Peinado en el Juzgado de Instrucción número 41 de Madrid e Ismael Moreno en el Juzgado Central de Instrucción número 2 de la Audiencia Nacional.
Mi columna de la pasada semana, referida a la ejemplar reconciliación producida en Chile entre todos los representantes políticos tras el fallecimiento en trágico accidente del ex presidente Sebastián Piñera, dio lugar a interesantes reflexiones de algunos de mis lectores a través de las redes sociales. Varios comentaristas se preguntaban en qué somos tan diferentes los españoles a los habitantes de un país con el que presentamos muchos vínculos históricos, lingüísticos, culturales e incluso políticos (ambos vivimos en el siglo XX una dictadura militar).
El centroderechista Sebastián Piñera, dos veces presidente de Chile (2010-2014 y 2018-2022), falleció el pasado 6 de febrero al estrellarse -debido al mal tiempo- el helicóptero que él mismo pilotaba cerca de su casa en el Lago Ranco, situado al sur de su país. Los otros tres pasajeros de la aeronave, entre ellos una hermana del político, salvaron la vida lanzándose al lago mientras el piloto se hundió dentro de la cabina tratando de alejar las hélices del alcance de sus acompañantes.
Dos percepciones sensoriales resumen de forma precisa los mejores ratos de ocio de mi vida ya veterana: el olor a hierba cortada bajo unas botas de tacos y el calor de un pantalán portuario en las plantas de mis pies descalzos. El fútbol y el mar, cada uno en diferentes momentos y con variados partícipes y acompañantes, constituyen parte esencial de mi memoria vital.
Uno de los hechos más graves que he podido contemplar en más de treinta años de ejercicio jurídico es la colonización del Tribunal Constitucional para ser utilizado a la conveniencia particular de un gobernante autoritario y acosado familiarmente por temas de corrupción. La clave de bóveda de nuestro sistema político ha sido prostituida por el proxeneta Pedro Sánchez con el apoyo pasivo de la mitad de los españoles y la indecente colaboración de siete meretrices jurídicas presididas por la madame Cándido Conde-Pumpido, la mayoría de las cuales ocupó anteriormente altos cargos en gobiernos del PSOE. Aquí tienen ustedes los nombres para que integren el mausoleo nacional de la infamia: Inmaculada Montalbán (ex presidenta del Observatorio de Violencia de Género, y a la que Griñán concedió en 2012 la Medalla de Andalucía), María Luisa Balaguer (que también ocupó diversos cargos en la Junta de Andalucía de Chaves y Griñán), María Luisa Segoviano, Ramón Sáez (cercano a Podemos), Juan Carlos Campo (ex ministro de Justicia), Laura Díez (ex directora general en Moncloa).
En un acertado artículo, titulado “Fútbol y filigranas intelectuales”, explicaba Laura Miró como el intelectualismo, desde su permanente superioridad moral, siempre ha despreciado ese deporte en el que “veintidós jugadores corren en paños menores detrás de una pelota”. Y añadía que ese desprecio se había transformado, durante la reciente Eurocopa de Alemania, en una alarmante politización, con la intervención incesante de personajes -tanto políticos como comunicadores- que han tratado de arrimar actuaciones de equipos o declaraciones de jugadores a sus intereses particulares del momento.
Coincidiendo con informaciones publicadas sobre su esposa Begoña Gómez y su hermano David Sánchez, imputados por diversos delitos y sometidos a investigación judicial, nuestro presidente del Gobierno ha anunciado una propuesta de “regeneración democrática” para “acabar con la impunidad de algunos pseudomedios financiados por la ultraderecha de PP y Vox”. Ello significa que pretende limitar la libertad de prensa acallando a los medios críticos que ejercen la sagrada función de fiscalizar el ejercicio del poder.
Muchos españoles están demostrando tener escasas facultades críticas y una memoria altamente selectiva. Se nota que en nuestras escuelas se dice a los chavales que allí van a jugar y a despertar sus emociones, demonizando el mérito y el esfuerzo. Así acabarán tragándose cualquier mensaje propagandístico que manipule su percepción de las cosas y sus mentes en formación.