A Pedro Sánchez le preocupan tanto Gaza y los gazatíes que si tuviera que bombardear la franja para conservar unos meses más la silla presidencial lo ordenaría sin mover un músculo de su jeta maquillada. La mayor demostración práctica de la inmoralidad presidencial la tenemos en su antigua defensa del pueblo saharaui -tan musulmán, perseguido, minoritario y honorable como el gazatí-, que se esfumó de un día para otro cuando Marruecos le apretó ciertas tuercas que los españoles nunca conocimos.
La insuficiente victoria electoral del Partido Popular, que presentó un candidato conciliador que elude habitualmente todo combate ideológico exhibiéndose como un adalid de la moderación y de la buena gestión hace replantear, una vez más, la necesidad de que toda la derecha española emprenda frente al bloque de la izquierda una imprescindible batalla cultural que contrarreste las enormes manipulaciones históricas y falsedades informativas que éstos manejan sin cesar.
En “El asesinato de Aristóteles”, Marcos Chicot describe cómo demagogos ambiciosos generaron entre la población de la Atenas clásica un odio visceral hacia el mayor sabio de la Antigüedad empleando un argumento peregrino: el haber sido tutor de Alejandro Magno quien, bastantes años después, amenazaba con conquistar la ciudad. Utilizando información sesgada, convencieron al populacho de que las ansias de conquista del Rey macedonio le habían sido inoculadas por Aristóteles, de quien desconfiaban por la influencia social de su sabiduría y por no ser ciudadano ateniense sino “meteco”, extranjero nacido en la ciudad de Estagira que había sido conquistada por Macedonia.
Los casos de corrupción que afectan al entorno más cercano de Pedro Sánchez presentan -aparte de conexiones personales- interesantes caracteres comunes. En especial, algo que los diferentes imputados repiten continuamente entre críticas veladas a los jueces que les investigan: su voluntad de colaborar con la Justicia. Pero veamos qué representa exactamente para ellos “colaborar con la Justicia”, sin prejuzgar su derecho constitucional a la presunción de inocencia, que los ciudadanos debemos respetar hasta que sean juzgados o sobreseídos.
Un reciente estudio publicado por el Instituto de Estudios Económicos (IEE), titulado “Competitividad fiscal empresarial 2025: El nuevo indicador de la contribución fiscal empresarial total”, explica negro sobre blanco la cruda realidad de la presión fiscal en España. Para el IEE, la contribución fiscal total en España con relación al PIB sube al 17,8%, por encima de la media europea que está en el 14,8%, y sobrepasando en mucho la media de la OCDE que se queda en el 13%. Y las empresas españolas son las que más aportan a la recaudación fiscal, tanto de forma directa como indirecta, con una contribución que alcanza el 48,8%, mientras que la media de la Unión Europea es del 39,4%.
El desembarco masivo de pateras producido este verano en Baleares obliga a realizar una reflexión sobre el problema de la inmigración irregular -no aquella en la que los extranjeros vienen legalmente con un contrato de trabajo, que bienvenidos sean dadas nuestras necesidades laborales- en la que huyamos de todo extremo que represente rechazo, demagogia, buenismo o alejamiento de la realidad.
El estricto cumplimiento de la maraña de normas que constituye el ordenamiento jurídico español es algo que lleva habitualmente de cráneo al común de los ciudadanos. Por ello, una gran mayoría de empresas ha necesitado contratar servicios de Compliance que controlen sus índices de cumplimiento normativo y gestionen sus riesgos regulatorios. Nadie parece poder escapar a esa caótica hiperlegislación que constriñe sin piedad nuestras vidas cotidianas y nuestros negocios abiertos al público. ¿Nadie? Nadie no. Como decían los míticos cuentos de Astérix y Obélix, “hay una aldea gala que todavía resiste al invasor”.
La observación de los hábitos circulatorios de los conductores mallorquines genera conclusiones peculiares, y da pie a una serie de reflexiones bastante recurrentes que hoy quiero compartir en esta columna. Con independencia de que en las ciudades cada vez se conduce peor, pues la gente suele estar más pendiente de lo que sucede en el interior de su vehículo -teléfono móvil y pantallas incluidas- que de los peligros que nos acechan fuera de él, la palma de oro de las infracciones habituales de tráfico se la suelen llevar los usuarios de las dos ruedas.
El polifacético escritor y periodista italiano Pino Aprile ha publicado un reciente ensayo titulado “Nuevo elogio del imbécil”, reedición ampliada de otro anterior aparecido en 1997, en el que alerta muy seriamente de que “la inteligencia humana está extinguiéndose y va camino de desaparecer”. Tras exponer una serie de conocidos ejemplos de comportamientos públicos y privados notoriamente estúpidos, el pensador transalpino sostiene que la inteligencia no ha sido más que un arma en la evolución humana que, en los tiempos actuales, está perdiendo su utilidad.
El deterioro institucional de España ha alcanzado esta pasada semana un hito más con el envío a juicio del fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, por la presunta comisión de un grave delito de revelación de secretos.