Escuchar a un argentino de Rosario defender la conquista española como nosotros nunca hemos sabido hacer resulta un acontecimiento impactante. Eso hizo el historiador Marcelo Gullo el lunes pasado en Palma, invitado por el Círculo Mallorquín y la Academia de la Historia, reventando intelectual y físicamente las góticas costuras del viejo edificio de la calle Can Campaner. La experiencia de ver en nuestra ciudad -un lunes por la tarde- a gente sentada por los suelos para escuchar a un conferenciante resultó también un fenómeno alucinógeno, por inusual.
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“Aterriza como puedas” fue una película de culto, estrenada en los años 80, que parodiaba el cine de catástrofes que había estado de moda años atrás. La historia -recordada por varios cameos de personajes famosos, entre ellos del ídolo de la NBA Kareem Abdul Jabbar, que aparecía como copiloto- nos presenta un disparatado vuelo en el que la tripulación y muchos pasajeros se intoxican por la ingesta de alimentos en mal estado, narrando las hilarantes peripecias que tienen que afrontar para lograr aterrizar el avión en el aeropuerto de Chicago.
El apagón del pasado lunes, que dejó sin energía eléctrica a toda la península ibérica durante casi once horas, puso de manifiesto no solo que sufrimos un anormal “cero energético”, sino que vivimos instalados en un acongojante “cero gubernativo” y, como agravante de lo anterior, en un “cero informativo” oficial. Si no llega a ser por la radio, pues muchos ciudadanos resucitaron de sus trasteros los viejos transistores de antena cargándolos con pilas compradas en los chinos, el pueblo español hubiera vivido la angustiosa jornada en la ignorancia absoluta.
Estos pasados días festivos de la Semana Santa me permitieron leer dos recientes novelas españolas de temática histórica -una con sorprendente final distópico-, ambas casualmente ambientadas en diferentes momentos del franquismo. La primera, “Me piden que regrese” de Andrés Trapiello, describe con precisión de cirujano y gran dominio del lenguaje la vida madrileña en la posguerra española, justo en los estertores de la Segunda Guerra Mundial. La segunda, “La herencia” de Jesús Gallego, sitúa su trama treinta años después, en el delicado e incierto momento de la muerte de Franco, cuando todos nos estuvimos jugando disfrutar de nuestra democracia actual.
El maestro Mario Vargas Llosa -tristemente fallecido hace una semana- recreó en “Pantaleón y las visitadoras” las peripecias de un capitán del ejército llamado Pantaleón Pantoja, a quienes sus superiores encomendaron la misión de satisfacer las necesidades sexuales de los soldados destinados en los aislados cuarteles de la Amazonia peruana. A tal efecto, el recto oficial, seleccionado para esa delicada misión por ser un funcionario modélico, creó una organización de prostitutas eufemísticamente llamada SVGPFA (“Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines”) para cumplir estrictamente el encargo, hasta que él mismo se vio involucrado en un tumultuoso affaire con la atractiva Olga “La Brasileña”, que acabó dando al traste con la compleja operación militar.
“El gatopardo”, la novela histórica de Giuseppe Tomasi di Lampedusa llevada al cine por Luchino Visconti -hoy recreada en una reciente serie de Netflix– demuestra cómo, en el mundo de la política y las luchas de poder, “es necesario que todo cambie para que todo siga como está”. Esa es la famosa frase que Tancredi Falconeri -el sobrino revolucionario unido a las fuerzas de Garibaldi– le espeta a su tío Fabrizio Corbera -príncipe de Salina y viejo representante de la aristocracia siciliana- en uno de los momentos álgidos de la historia.
En octubre de 2017, los separatistas catalanes hicieron un ridículo mundial declarando unilateralmente su independencia -su hazaña duró escasos segundos- y enfrentándose de forma grotesca a los poderes del Estado. Y una mínima aplicación de esos poderes les derrotó de forma estrepitosa, aunque las dudas existenciales de Rajoy y la timorata colaboración de Sánchez limitaron enormemente la aplicación del artículo 155 de la Constitución, excluyendo intervenir la educación y los medios de comunicación públicos que tanto habían contribuido a la difusión del independentismo. La demostración gráfica del esperpento de la independencia unilateral la representó el viral mosso d’esquadra número 18449 cuando, ante la bronca de un agente forestal que participaba en una manifestación por la “república catalana”, le espetó ante las cámaras: “la república no existe, idiota”.
Muchas cosas van a tener que cambiar en la España postsanchista para que los estragos causados por el presidente más nocivo de la democracia nos permitan subsistir como una verdadera democracia liberal. Escribió recientemente Jorge Bustos, en referencia a Pedro Sánchez, que “si tu carrera se agota en un manual de resistencia personalista que lo sacrifica todo al poder, cuando pierdas el poder no te quedará nada. Ni nadie”. El problema es que resulta muy probable que tampoco nos deje nada a los demás.
El día 18 de julio de 1938, cuando se cumplían dos años del inicio de la Guerra Civil, el presidente de la República española Manuel Azaña, abrumado por su propia contribución al desastre nacional, dijo en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona: “es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído magníficamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón”.
Para los poco aficionados al fútbol, les explicaré que el VAR es un sistema de videoarbitraje que se ha implantado hace unos años en el fútbol mundial, mediante el cual se revisan a cámara lenta algunas jugadas dudosas con la intención de corregir errores arbitrales. El sistema, que se vendió como una innovación positiva similar a la ya usada en otros deportes -tenis, rugby, hockey, fútbol americano-, ha funcionado aceptablemente en una mayoría de países, aunque en otros -especialmente en España- está generando grandes polémicas hasta el punto de que entrenadores como Lionel Scaloni (selección argentina) o Jagoba Arrasate (RCD Mallorca) han afirmado con mucha rotundidad que se aplica con arbitrariedad y que ha acabado distorsionando el juego.